Ocurrió detrás de una cortina
descolorida, que una vez fue blanca, pero el tiempo, maldito ruin,
arrasó con ella y la dejó amarilla por el resto de sus días. Para
inaugurar rápidamente el lugar, seguramente habían decidido dividir
la habitación con cortinas en vez de con paredes, en ese momento no
resultó necesario. Eligieron el color blanco para darle un toque de
distinción, blancura inmaculada con aires de frescura. No imaginaron
que el correr de los años y las interminables horas de trabajo allí,
terminarían por convertir el blanco en telas plagadas de grotescas
manchas. A simple vista no se distinguían, pero la clientela
femenina, que debía pasar un mínimo de media hora sin moverse,
observaba su alrededor con tal fijación que llegaban a divisar hasta
el último roce.
Mi caso se atendió en la camilla tres.
Pero si un sorpresivo viento hubiese podido soplar para dejar al
descubierto toda la habitación me hubiese visto acompañada por ocho
mujeres más, abiertas de piernas, que sufrían desde otros puestos
de tortura paralelos al mío. Nadie gritaba con demasiada fuerza,
casi no se oían sonidos, sólo un olor penetrante y caliente. A
todas esas mujeres seguramente les habían pedido, como a mi, que se
quitaran los pantalones al entrar en la habitación, y eso no era
parte de un ritual religioso, ni un pedido amable, sólo la primera
etapa de un crimen con el cual todas estábamos de acuerdo, y es mas,
habíamos luchado para que se nos concediera un turno previo. Un
crimen concertado.
Detrás de un crimen perfecto hay una
víctima perfecta. Estábamos frente a frente cuando me baje los
pantalones y sintió que yo estaba hecha para satisfacer su instinto
criminal. Lo notó al ver que mis pelos llegaban hasta la
entrepierna. Había dado con la persona adecuada para entretenerse
largo rato en su preferido acto de tortura. Ella, perfectamente
peinada, arreglada, con esa clase de rostro que de un segundo a otro
pasa de ángel a demonio, estaba preparada para dar una nueva
batalla, la depilación extrema de mi zona púbica.
Ya recostada en la camilla, con ese
olor que me penetrada y hacía que mi miedo al dolor fuera cada vez
más denso, arrugué mis bragas en el centro para que sin quitármelas
el trabajo se pudiera realizar. Los pelos salieron abruptamente por
los costados par acompañar a esos otros que en mi entrepierna ya se
podían distinguir a simple vista. La experta se mantenía
concentrada, sostenía con su mano derecha una espátula que en la
punta tenía untada una sustancia pegajosa; con el color del sudor
del demonio, su olor transmitía dolor, pero estas repugnantes
características no impidieron que con el tiempo se volviera mi
enemiga íntima: la maldita cera de miel.
Mi torturadora, sonriente, estiró
suavemente con sus dedos mi entrepierna y deslizó la espátula de
arriba a abajo para marcar la franja del dolor. Una tira de cera,
relativamente gruesa, se enfrió en un momento, ella apretó esa zona
con sus dedos para comprobar si el acto de sufrimiento se podía
llevar a cabo. La primera vez me lo advirtió e inmediatamente
frunció el ceño, y con sus habilidosos dedos, desde el extremo
inferior de la tira levanto con suavidad una pequeña parte y tiró
de ella con todas las fuerzas que puede acumular una persona durante
una vida entera sin hacer nada. En sus manos quedó una franja de
cera que llevaba sujetados mi preciosos pelos púbicos.... sigue abajo!



