lunes, 25 de marzo de 2013

Relatos del arte del desnudo: Un crimen de pelos


Ocurrió detrás de una cortina descolorida, que una vez fue blanca, pero el tiempo, maldito ruin, arrasó con ella y la dejó amarilla por el resto de sus días. Para inaugurar rápidamente el lugar, seguramente habían decidido dividir la habitación con cortinas en vez de con paredes, en ese momento no resultó necesario. Eligieron el color blanco para darle un toque de distinción, blancura inmaculada con aires de frescura. No imaginaron que el correr de los años y las interminables horas de trabajo allí, terminarían por convertir el blanco en telas plagadas de grotescas manchas. A simple vista no se distinguían, pero la clientela femenina, que debía pasar un mínimo de media hora sin moverse, observaba su alrededor con tal fijación que llegaban a divisar hasta el último roce.

Mi caso se atendió en la camilla tres. Pero si un sorpresivo viento hubiese podido soplar para dejar al descubierto toda la habitación me hubiese visto acompañada por ocho mujeres más, abiertas de piernas, que sufrían desde otros puestos de tortura paralelos al mío. Nadie gritaba con demasiada fuerza, casi no se oían sonidos, sólo un olor penetrante y caliente. A todas esas mujeres seguramente les habían pedido, como a mi, que se quitaran los pantalones al entrar en la habitación, y eso no era parte de un ritual religioso, ni un pedido amable, sólo la primera etapa de un crimen con el cual todas estábamos de acuerdo, y es mas, habíamos luchado para que se nos concediera un turno previo. Un crimen concertado.



Detrás de un crimen perfecto hay una víctima perfecta. Estábamos frente a frente cuando me baje los pantalones y sintió que yo estaba hecha para satisfacer su instinto criminal. Lo notó al ver que mis pelos llegaban hasta la entrepierna. Había dado con la persona adecuada para entretenerse largo rato en su preferido acto de tortura. Ella, perfectamente peinada, arreglada, con esa clase de rostro que de un segundo a otro pasa de ángel a demonio, estaba preparada para dar una nueva batalla, la depilación extrema de mi zona púbica.



Ya recostada en la camilla, con ese olor que me penetrada y hacía que mi miedo al dolor fuera cada vez más denso, arrugué mis bragas en el centro para que sin quitármelas el trabajo se pudiera realizar. Los pelos salieron abruptamente por los costados par acompañar a esos otros que en mi entrepierna ya se podían distinguir a simple vista. La experta se mantenía concentrada, sostenía con su mano derecha una espátula que en la punta tenía untada una sustancia pegajosa; con el color del sudor del demonio, su olor transmitía dolor, pero estas repugnantes características no impidieron que con el tiempo se volviera mi enemiga íntima: la maldita cera de miel.

Mi torturadora, sonriente, estiró suavemente con sus dedos mi entrepierna y deslizó la espátula de arriba a abajo para marcar la franja del dolor. Una tira de cera, relativamente gruesa, se enfrió en un momento, ella apretó esa zona con sus dedos para comprobar si el acto de sufrimiento se podía llevar a cabo. La primera vez me lo advirtió e inmediatamente frunció el ceño, y con sus habilidosos dedos, desde el extremo inferior de la tira levanto con suavidad una pequeña parte y tiró de ella con todas las fuerzas que puede acumular una persona durante una vida entera sin hacer nada. En sus manos quedó una franja de cera que llevaba sujetados mi preciosos pelos púbicos.... sigue abajo!


lunes, 4 de marzo de 2013

Entre cigarrillos


Fumo buscando taparme de humo hasta las orejas. Cubrirme en una dulce nebulosa que me proteja de esos seres que se creen saludables. Mis labios inhalan y expulsan la humareda que me hace flotar. El sabor de mi realidad está en el tabaco. Espeso, apestoso, fuerte, sofocante y con esa aspereza en el paladar que me hace olvidar la tristeza. Lo único que nos queda es un “pucho” (cigarrillo en español argentino), si no tengo, lo puedo pedir. Los adictos sobran, y los vicios muchas veces no se pagan. Donde hay miseria siempre hay un cigarrillo recién encendido o a punto de ser apagado.

Ph Daniel Bauer (Paris)
Qué nos impulsa a fumar después de momentos de placer?   ¿Hace que nuestra satisfacción sea plena? El regocijo y la felicidad  llegan mucho más adentro con una calada. El oloroso  tabaco se mete dentro de mi, y despierta esos sentidos que estuvieron presentes en la mesa o en la cama. Mi cerebro reactiva mi sensibilidad, y mi boca tiene deseo de morder una colilla y aspirar. La ceniza llega para dispersarse en mi cuerpo desnudo. El gris penetra en mis poros, contamina mi piel y satisfecha vuelvo a empezar. Tiro el humo en la cara de mi amado, él en la mía, siento su aliento vibrar.

“Fumar mata” advierten las autoridades sanitarias en el paquete. Me tomo un minuto entre caladas para pensar en cuanto me afecta la estupidez ajena. Cuanto tiempo más tiene que pasar hasta que los idiotas, perversos, engañadores, enfermos y lacras humanas que se ven a diario, sean obligados a llevar etiquetas con advertencias. Las putas llevan tacones charolados muy altos y faldas cortas hasta en invierno, los borrachos se identifican por el aliento y una botella siempre a mano, y los negros sufren el racismo por su color. Aunque todavía nos cuenta identificar a los estafadores profesionales, políticos corruptos, putas de alta sociedad, a los drogadictos recetados y a los mentirosos compulsivos. Les falta una etiqueta igual que en mis cigarrillos que diga: “Esta persona es perjudicial para su salud mental y puede arruinar su existencia y la de la sociedad”.

Ph Daniel Bauer / Modelo Yana (La Toscana)
Quedan lugares donde fumar, el poco aire libre que todavía no está totalmente contaminado por los coches es el que puedo respirar mientras fumo, riendo de los que se creen saludables por ser no fumadores. En ciudades como Paris...

lunes, 11 de febrero de 2013

Desnudos vestidos, vestidos desnudos

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Cambiemos un poco de tema, hablar siempre de desnudo y censura nos lleva siempre a la misma conclusión. Esta vez voy referirme a la gente vestida y a esas prendas mal o bien combinadas que nos ayudan a sobrevivir estos meses de frío. Adoro la ropa de colores vivos para usar durante el invierno, aunque inevitablemente mis ánimos en esta época en general tienden al negro. Si las temperaturas rozan los cero grados seguro al salir de la ducha comenzaré con el tedioso procedimiento de ponerme rápidamente la ropa interior, luego medias largas, sobre esas otras cortas de lana, tres camisetas, un jersey, botas, gorrito de lana y abrigo.

Estoy preparada para enfrentarme al crudo invierno. Asomo la nariz a la calle y me cruzo con una chica de aspecto nórdico que lleva shorts, y debajo unas finitas medias de lycra de la mitad del grosor de las mías. Despechugada, con un gran escote, escaparate que alerta sobre sus grandes tetas, y una sonrisa cálida en su angelical y resistente rostro. Que desfavorecidas las latinas, que nos bajan a menos de 7 grados y nos transformamos en una cebollita de capas y capas de telas. Una lucha en mi se extiende durante el invierno, extraño todas las partes de mi cuerpo que por el momento casi no puedo ver... Haz click abajo

Ph Daniel Bauer / Model Yana